Sapere Aude

Política universitaria de primera mano

‘Reformar la Universidad, transformar España’, el making of

Todo comenzó en una comida de trabajo allá por el mes de diciembre. Hablaba con un directivo de una importante empresa española sobre cómo apostar por la universidad, por el conocimiento, por la I+D… de una manera responsable era la mejor política que se podría aplicar en nuestro país para terminar de salir de la crisis y abrir nuevos horizontes de prosperidad.

Entonces él me dijo: “Un periódico como el tuyo, con un periodista que lleva tantos años escribiendo sobre universidad, debería reunir a todos los agentes implicados en ese cambio de enfoque y ponerlos a debatir sobre ello de cara a las próximas elecciones generales“. He contado tantas veces esa anécdota en los últimos meses, que ya no sé cuántas de las partes de esa historia son verídicas y cuántas se han ido incorporando en las sucesivas versiones.

De un modo u otro, aquella fue la semilla que dio lugar a la Jornada de Debate ‘Reformar la Universidad, transformar España’, que se celebra este jueves en el Colegio de Arquitectos de Madrid (COAM) y que reúne a algunas de las voces más acreditadas de la política, la ciencia, la empresa, la universidad y el periodismo de nuestro país.

Captura de pantalla 2015-10-04 12.43.21

La anécdota resume, además, no sólo el origen, sino también el espíritu de una iniciativa muy bien intencionada. Decía un profesor de filosofía que tuve en el instituto (citando a no sé qué científico o filósofo, suerte que ya aprobé la asignatura) que, a lo largo de la historia, se había escrito muy mala poesía con muy buenas intenciones. Pues yo decidí correr el riesgo de emborronar el mundo con mis ripios.

Después de darle muchas vueltas y repasar los nombres de los amigos acumulados en 14 años escribiendo sobre política universitaria a los que podría convencer con una simple llamada de teléfono, pergeñé un esbozo del programa. La cosa parecía tener fundamento, así que lo trasladé a EL MUNDO con la esperanza de que alguien pudiera ayudarme.

Por suerte para mí, Unidad Editorial cuenta con un área de Conferencias donde están muy acostumbrados a organizar estas cosas. Les conté la idea y todo fue muy rápido: mis compañeras consideraban que tenía potencial, así que nos pusimos a trabajar en ella. Debíamos de andar ya por finales del mes de enero o febrero, así que la primera duda que había que resolver era: ¿lo hacemos antes de la autonómicas de mayo o antes de las generales de noviembre o diciembre (por entonces se desconocían las intenciones de Rajoy)? La primera opción se antojaba precipitada, así que lo dejamos para principios de octubre, un mes muy vinculado a los debates y polémicas educativos.

LOS PATROCINADORES
No quiero aburriros todía más con los detalles, pero resuelta esa duda, surgió otra. ¿Estaría dispuesta alguna empresa a patrocinar una idea como ésta? Una cosa es que Unidad Editorial me ayudara a hacer realidad el proyecto y otra que estuviera dispuesta a asumir los costes de organización. Necesitábamos socios, y los primeros tanteos fueron descorazonados. Algunas de las principales compañías españolas estaban dispuestas a promover ‘Reformar la Universidad…’, pero no si la primera de las mesas estaba formada por políticos. No querían vincularse con partidos, por mucho que hubiera una amplia representación, y mucho menos en vísperas de unas generales. #diplomaciaempresarial.

En aquel momento, varias personas me insistieron en la conveniencia de amputar del programa la mesa política e intentar sacar adelante la iniciativa, aunque fuera en una versión de mínimos. Y seguramente tenían razón, pero a mí me parecía que nada tenía sentido sin los partidos. Ni se podrá reformar la Universidad, ni lograremos transformar España sin su concurso.

Cuando estaba a punto de sucumbir, y gracias a la insistencia de mis compañeras de Conferencias, Rocío Romero e Irene Hernández, aparecieron tres empresas dispuestas a comprar el pack completo: Gas Natural Fenosa, Lidl y la Fundación ONCE. Les estoy muy agradecido por ello.

Resuelto el tema de los costes, el mes de julio lo dediqué a invitar a los ponentes de la Jornada: el economista Luis Garicano, el presidente de los rectores, Manuel López, y el máximo mandatario de la Complutense, Carlos Andradas; los científicos Celia Sánchez-Ramos y Juan Luis Vázquez; el ex rector de la Universidad de Yatchay Fernando Albericio; el director general de Universidades de la Comunidad de Madrid, José Manuel Torralba; los catedráticos Francisco Marcellán, Francisco Sosa Wagner y Adolfo Azcárraga, representantes de lobbies y organismos como la Conferencia de Consejos Sociales, la Fundación Conocimiento y Desarrollo y la Red de Fundaciones Universidad-Empresa…

Todas las personas a las que llamé acogieron con entusiasmo el proyecto. Incluso aquellos que finalmente no pudieron venir, principalmente por motivos de agenda: Ángel Gabilondo, Rolf Tarrach, Juan Ignacio Cirac, Màrius Rubiralta, Pedro Duque, María Blasco, Jamil Salmi, Israel Ruiz… También les doy a ellos las gracias por aplaudir la iniciativa y animarme a continuar adelante.

Lo que más quebraderos de cabeza nos dio fue la participación de los políticos. Nos habíamos fijado el ambicioso (¿ilusorio?) propósito de conseguir representación al máximo nivel. En Ferraz conocían esta historia desde el mes de abril, cuando tuve la oportunidad de entrevistar y pasar unas horas con Pedro Sánchez. Les encantaba la iniciativa e incluso veían en ella al secretario general del PSOE.

Si ellos la veían, ¿por qué no el resto? En Podemos nos aseguraron que asistirían bien Pablo Iglesias, bien Íñigo Errejón; en el PP, descartados los altos cargos que ahora tienen responsabilidades en el Gobierno, nos confirmaron inmediatamente la asistencia de Pablo Casado, y en Ciudadanos nos dijeron que estudiarían la presencia de Albert Rivera. Lo cierto es que hasta una semana antes de la Jornada no pudimos cerrar agendas. La proximidad de las catalanas no ayudó, la verdad. Tampoco que los partidos estuvieran mirándose unos a otros para no enviar representación más elevada de lo necesario…

Finalmente, no estarán los primeros espadas de los partidos, pero estoy muy satisfecho con el nivel de la mesa política: Casado, Carolina Bescansa, María González Veracruz y Garicano, con nuestra periodista Lucía Méndez llevando la batuta de la mesa. Un privilegio.

La lista de agradecimientos sería infinita, pero quiero cerrarla con uno muy personal al director de mi periódico, David Jiménez, por el apoyo que me ha dado en los últimos meses y, especialmente, en las últimas semanas. No hay mejor prueba de que es un gran convencido de la importancia de los temas educativos en un país como España y de que viene dispuesto a apostar por ellos. Como muestra, un botón: dará el saludo inicial a los asistentes de la Jornada.

Para ser justo, diré que, cuando todo esto empezó, quien ocupaba la dirección de EL MUNDO era Casimiro García-Abadillo, y también él me apoyó y colaboró conmigo en aquellos primeros momentos hasta su destitución. Otro de tantos capítulos que anotar en el haber de la magnífica y ejemplar transición que lideró en tan sólo quince meses.

Y hasta aquí la historia de cómo se gestó la Jornada ‘Reformar la Universidad, transformar España’. Como todos los making of, probablemente interesa más a quienes los hemos vivido desde dentro que al resto, pero “it´s my blog and I´ll write if I want to…”. Cruzo los dedos para que el jueves salga todo bien y para que este diminuto grano de arena que aportamos sirva para algo.

El ‘basta ya’ de la Complutense*

El pasado 5 de mayo, la Complutense (UCM) decidió dejar de ser una universidad del siglo XX, o incluso del XIX, y empezar a hablar el lenguaje en el que se expresan desde hace años los campus españoles más pujantes. Hartos de ser un juguete ideológico, de los manoseos políticos regionales y de su vertiginoso declive, sus profesores y alumnos han dicho «basta ya». Ésa es la conclusión más interesante que dejó el primer round de las elecciones a rector, de las que el matemático Carlos Andradas salió como candidato más votado y como caballo ganador de cara a la segunda vuelta. Su rival será José Carrillo, actual rector y también matemático.

Como es tradición en la UCM, las elecciones se habían planteado en clave de política autonómica o incluso nacional: Carrillo abanderaba a Podemos y la extrema izquierda universitaria; mientras que Federico Morán, secretario general de Universidades en el equipo de Wert hasta hace unos meses, competía teóricamente por el PP. Entre el blanco y el negro, entre el violeta y el azul, poco parecían contar los grises. Y sin embargo, se impuso esa tercera vía: el discurso académico, las propuestas de regeneración, la excelencia científica… «¿Si gana Carrillo gana Podemos?», le preguntábamos a Andradas hace unos días en EL MUNDO. «Ni lo sé, ni me importa».

Porque lo esencial para la UCM no es la responsabilidad de Carrillo en el caso Monedero, o la de Morán en los desmanes del ministro Wert en educación superior. Demasiado tiene la universidad más grande de España con frenar su propia decadencia académica: la de sus vetustos edificios y la de unas prestaciones docentes e investigadoras que, con honrosísimas excepciones, llevan demasiado tiempo viviendo de viejas rentas.

En esas condiciones, los dos colectivos para los que elegir un buen rector se ha convertido en un asunto de vida o muerte lo han visto claro. Andradas era el candidato idóneo para liderar el resurgimiento de la institución. Ex presidente de la Confederación de Sociedades Científicas de España (Cosce) y de la Real Sociedad Matemática (RSME), ha sabido aglutinar en su candidatura todo lo que en este momento necesita la UCM: un discurso integrador, un programa basado en la excelencia científica y un proyecto de regeneración. De ahí que haya arrasado entre el profesorado funcionario (818 votos frente a 502 de Carrillo) y los estudiantes (3.197 frente a 1.819).

Especialmente ilustrativo de ese hartazgo resulta que Andradas le diera un revolcón al actual rector en dos feudos que éste podría haber reclamado como propios: la Facultad de Matemáticas, a la que ambos pertenecen y donde fue superado incluso por Morán; y la de Ciencias Políticas y Sociología, principal incubadora de las ideas de Pablo Iglesias y los suyos.

En cambio, Carrillo se apoyó mucho más en los bedeles, los técnicos, el personal administrativo y los profesores no funcionarios. Un voto más sindicalizado y en el que las reivindicaciones gremiales se anteponen a las académicas. Compañeros de viaje más incómodos cuando el desafío es poner patas arriba una universidad y reconstruirla sobre la exigencia y el mérito.

Así las cosas, mañana se celebrará la segunda vuelta. Andradas tiene todas las papeletas para ganar, y puede que de calle. Salvo cambalaches de última hora, que los habrá, al 36,5% de votos ponderados que se adjudicó en el partido de ida se le puede sumar una buena porción del 7,8% de Rafael Calduch (UPyD), cuarto en discordia; y del 22,4% de Morán. Sus seguidores se acercan más al perfil académico y de centroizquierda de Andradas que al de Carrillo.
El partido hay que jugarlo, pero puede que nada vuelva a ser lo mismo en la Complutense. Sus profesores y sus alumnos quieren que vuelva a ser una universidad y no un campo de batalla político.

*Publicado el 12 de mayo en la sección de Madrid de El Mundo

Todo lo que sé sobre el caso Monedero

Hoy he publicado mi tercera pieza en EL MUNDO sobre el llamado ‘caso Monedero’, una de esas raras ocasiones en las que un periodista especializado en algo tan minoritario como la política universitaria puede hacerse un hueco en la ventana abierta de la actualidad ‘mainstream’. Y aun así, para poder hacerlo he tenido que pasarme buena parte de las últimas semanas sondeando a expertos en legislación universitaria, derecho administrativo y otras cláusulas en letra pequeña de la I+D+I española.

Al principio tenía un gran cacao mental en la cabeza y cada llamada telefónica que hacía me dejaba aún más confuso y perplejo. Nadie en la Universidad española parecía saber explicarme con detalle, certeza y seguridad si un profesor con dedicación exclusiva podía hacer trabajillos para ganar sobresueldos y, en cualquier caso, qué condiciones debía cumplir según la Ley de Incompatibilidades. Tal es el grado de complejidad de la legislación universitaria y, sobre todo, tanto se hace la vista gorda con este tipo de chanchullos que ya nadie sabe distinguir con claridad lo que es legal de lo que no lo es.

“¿Pero cómo no va a poder crear un profesor universitario una empresa para criar gallinas y vender huevos si se ocupa de ello en su tiempo libre?”, me espetaban en Twitter, ese artefacto que para algunos periodistas se ha convertido ya en la única fuente posible (junto con google) de información periodística. “¿Pero cómo no va a poder quedarse un catedrático de derecho el dinero que gana en su bufete de abogados por las tardes?”, me decían algunos expertos universitarios…

¡Pues no, señores, no pueden! O, al menos, no un profesor a tiempo completo sin pedirle autorización a su rector, facturar a través de su universidad y, según el artículo 83 de la Ley de Universidades, dejarle a ésta un porcentaje de los ingresos en concepto de overheads (costes indirectos que asume la universidad cuando un profesor realiza trabajos por encargo para empresas o entidades externas).

De hecho, esta opción ya es una generosa alternativa que ofreció el legislador a los docentes e investigadores universitarios para fomentar la deseada relación entre universidad y empresa. El resto de funcionarios de la Administración Pública no disponen de ella y tienen que convivir con una triple limitación recogida por la Ley de Incompatibilidades:

1. No pueden trabajar en nada que no sea aquello para lo que tienen dedicación exclusiva.

2. No pueden tener más de un 10% de cualquier sociedad cuya actividad esté relacionada con aquello a lo que se dedican en la Universidad.

3. No pueden tener cargos en empresa alguna salvo aquellos relacionados con órganos, entidades y fundaciones de las propias universidades.

Quiero aclarar que yo conozco a Juan Carlos Monedero desde hace al menos 12 años, que le entrevisté en varias ocasiones con motivo de la segunda Guerra de Irak (2003), que coincidí con él varias veces en los Cursos de Verano de El Escorial y que siempre me trató con amabilidad y simpatía. Sin embargo, lo mires por donde lo mires, no hay defensa posible para remover el lodo en el que él mismo se metió y hacia el que, lógicamente, le empujan aún más los adversarios políticos y mediáticos de Podemos.

Porque lo cierto es que Monedero creó una sociedad (Caja de Resistencia Motiva2 de la que es socio único), realizó trabajos remunerados al margen de su actividad académica y facturó 425.000 euros por su cuenta, dejando al margen a la Universidad Complutense, de la que es profesor titular a tiempo completo. Pero es que, además, los 367.000 euros extra que se ingresó tras restar los gastos deducibles, suponen más de los alrededor de 150.000 que podría ingresar anualmente por este tipo de actividades (1,5 veces el salario de un hipotético rector con todos los complementos, trienios, quinquenios, sexenios…).

Y ello por no mencionar que Monedero, profesor de Ciencia Política, no tiene suficiente predicamento como economista como para cobrar cantidades que superan con creces las que se suelen recibir por informes de asesoramiento similar al que hizo Monedero para los gobiernos de Nicaragua, Bolivia, Venezuela y Ecuador. “Para ganar ese dinero por un informe tienes que haber sido presidente de la Reserva Federal o del Banco Central Europeo y aportar información altamente estratégica”, me aseguran varios expertos.

Lo cierto es que, ayer, el número 3 de Podemos presentó una serie de argumentos e informes que, a su juicio, demuestran su total honorabilidad. Yo no voy a entrar en la parte fiscal o societaria de sus explicaciones, pero ayer sí que le dediqué algunas horas a analizar el documento de siete folios que, supuestamente, demuestra que no vulneró la legislación sobre incompatibilidades. Primero lo hice yo, desde los conocimientos que he acumulado en estos 15 años escribiendo sobre política universitaria y en estas dos o tres semanas de buceo en el caso Monedero.

Mi sensación era que ese documento era un bluff legal, lleno de vaguedades y enumeraciones de leyes irrelevantes para este caso y con un único argumento en defensa de Monedero resumido en los últimos cuatro o cinco párrafos. Aun así, volví a consultar con expertos, algunos de los que ya me habían iluminado en las últimas semanas y otros nuevos. Todos ellos hacían el mismo análisis que yo:

1. No tiene ningún sentido incluir un folio y medio sobre Universidad 2000, un documento de reflexión elaborado aquel año por la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE) y que nunca tuvo valor jurídico alguno. Pero es que, además, tiene guasa que se explaye con el conocido como Informe Bricall (por su autor, el ex rector Josep Maria Bricall) Carmen Perona, la abogada de CCOO que le ha puesto su firma a la defensa de Monedero. Yo aún estaba en la Facultad de Ciencias de la Información en el año 2000 y recuerdo a la izquierda de Políticas y Sociología llamando a la rebelión contra aquel documento por promover un acercamiento inaceptable entre la universidad y la empresa. Resulta que, 15 años después, la colaboración entre ambas no sólo no es una herejía sino que les parece una práctica encomiable.

2. Tampoco viene a cuento hacer un repaso de dos o tres folios a las facilidades que otorga la Ley de Universidades vigente (Lomlou, 2007) para crear en empresas de base tecnológica (EBT) desde los campus. No hacen falta muchas explicaciones para entender que la Caja de Resistencia Motiva2 no es una EBT, porque no está fundamentada en una patente, no pretende generar nuevos productos o servicios a partir de la explotación de un descubrimiento científico o tecnológico. Ni siquiera se puede considerar una spin off universitaria, porque no surge desde la universidad, sino al margen de ésta (e incluso en competencia con esta, de ahí la incompatibilidad).

3. Ningún jurista con cierto sentido del pudor intentaría colar el trabajo que hizo Monedero como una de las obras de “creación literaria, artística y técnica” que recoge el artículo 19.f de la Ley de incompatibilidades como trabajos que pueden desarrollarse sin que haya incompatibilidad alguna. Y mucho menos argumentando, como hace Perona, que “ha existido un servicio de asesoramiento vía informe, que no ha creado vinculación alguna entre el autor y sus destinatarios, por lo que no ha existido una prestación de servicios, jurídicamente hablando”. Aquí es donde los expertos consultados no saben si llevarse las manos a la cabeza, carcajearse o moderarse y decir, simplemente, que el texto de Perona es sólo lo que se conoce en Derecho como un “informe de parte” o “informe interesado”.

Porque es evidente que, en el mejor de los casos, Monedero hizo una prestación de servicios a los gobiernos de Nicaragua, Venezuela, Ecuador y Bolivia por la nada desdeñable cantidad de 425.000 euros. Su trabajo sobre la unidad monetaria bolivariana no era una investigación de carácter teórico o especulativo que hiciera en su departamento y después se publicara como ensayo o como manual de clase, sino un informe de asesoría realizado por encargo y muy bien retribuido.

No hace falta ser un jurista de prestigio para entender que no son comparables los ingresos obtenidos por un articulo divulgado en prensa, dar puntualmente una conferencia o publicar un manual de clase con los percibidos por la realización de un informe ex profeso para una empresa o institución externa. Entre otras cosas porque también las excepciones del artículo 19.f de la Ley de Incompatibilidades tienen un tope de ingresos anuales. Según me cuentan, éstos en ningún caso pueden superar el 50& del salario anual del profesor con dedicación exclusiva que los percibe. Y, claro, los 367.000 que se embolsó Monedero (restando los gastos deducibles), superan ese porcentaje con creces.

Siento haberme extendido, pero quería recoger todo lo que sé hasta el momento del caso Monedero, aunque estoy convencido de que el culebrón se alargará y aprenderemos todos mucho más en las próximas semanas/meses sobre las incompatibilidades del profesorado universitario a tiempo completo.

Enlaces de las piezas sobre Juan Carlos Monedero que he publicado en elmundo.es

Las claves del asunto Juan Carlos Monedero y sus ingresos al margen de la Complutense

La empresa que creó Juan Carlos Monedero es ilegal

Las sombras del caso Monedero

Apunten a la cesta, no a las manzanas*

Vale, Íñigo Errejón recibió un sustancioso contrato de investigación de manos de un colega de partido. Lo firmó y siguió cobrando seis meses el correspondiente sueldo pese a que era incompatible con su agenda política y con los pagos que recibía de Podemos. En el peor de los casos, se benefició de un chanchullo más de la casta universitaria. En el mejor, obró de buena voluntad, pero fue torpe y lento a la hora de mantener alejada la sombra de la duda. Imperdonable en un partido que pretende elevar el umbral de la honestidad en la política española.

A nadie se le escapa que este lamparón en el expediente de Errejón se extiende como chapapote sobre la credibilidad de Pablo Iglesias y los suyos. De ahí el empeño general de los últimos días en apuntar con el dedo a la manzana podrida. Pero a mí, más que la manzana, me preocupa la cesta, el fallo sistémico de la Universidad española, su empeño en promover la picardía y la trampa por encima del mérito.

Sólo así se explica que el responsable de la Agencia de Obra Pública de Andalucía, que fuera profesor colaborador de la UMA, pudiera adjudicarle a capricho 284.000 euros a Alberto Montero, que todavía lo es. O que éste sólo fuera capaz de encontrar a un aspirante a la envidiable nómina que contemplaba el proyecto. O que ese candidato, Errejón, esté más especializado en la política boliviana que en la de vivienda, según Google Scholar.

El sistema universitario que permite semejante sucesión de despropósitos es el mismo que somete a los rectores al voto de aquellos a los que tiene que gobernar, dejándolos maniatados e inútiles. El mismo que contrata a un 90% de sus nuevos profesores entre los candidatos de la casa, que tolera catedráticos sin labor científica reconocida o que no obliga a devolver los recursos destinados a investigaciones hueras. Lo que no se evalúa, se devalúa, y así nos luce el pelo.

Es la obra de un PSOE que siempre ha considerado a la Universidad pública algo suyo y para los suyos, y un PP que, sin lobbies religiosos que lo azucen, la ha abandonado a su suerte. Pero ustedes apunten, si quieren, a la manzana.

* Publicado en la sección ‘Punto de vista’ de EL MUNDO el 23 de noviembre de 2014.

Tras los muros de Cambridge / Mucho más que dinero (2/2)*

Comparar a la Universidad de Cambridge con cualquiera de sus homólogas españolas, como hacen algunos ranking, es como pretender que un equipo de la segunda división belga le gane al Real Madrid en la Champions League.

Pese a ser pública, Cambridge es una universidad de élites dotada con una cantidad de recursos que pocos centros tienen a su alcance. Sin embargo, basta con dar un paseo por alguno de sus ‘colleges’ o facultades para percibir que el dinero no es el único secreto de su éxito. Por ejemplo, en su escuela de negocios sólo hay tres ‘lecture classes’, en las que se imparten las clásicas lecciones magistrales. En cambio, el centro está salpicado de cómodos espacios de trabajo para los alumnos, pequeñas aulas para tutorías y seminarios, salas insonorizadas en la biblioteca…

Y la misma proporción, tan extraña desde el punto de vista español incluso después de Bolonia, se mantiene con los horarios. “Un profesor de artes suele dar tres horas de clase a la semana, y uno de ciencias, tres al día”, explica Ryan Cronin, portavoz del Saint Johns College y ex alumno de Teología en Cambridge.

Alumnos autónomos
Este enfoque es posible porque al alumno se le trata como a una persona madura y responsable, capaz de administrar su tiempo y andar su propio camino. “Se les suele animar para formarse por sí mismos, así que habitualmente trabajan en grupos de discusión”, continúa Cronin.

¿El resultado? Dos horas diarias de lecciones magistrales y ocho o nueve de trabajo autónomo, como coinciden en señalar varios de los alumnos entrevistados. Es cierto que el elevado nivel de los alumnos lo facilita. Como universidad pública, Cambridge no es muy cara (9.000 libras, unos 11.349 euros, más otro tanto por alojamiento, comidas…), pero sí se realiza una criba socioeconómica indirecta: un 50% de sus alumnos llegan de colegios privados, frente al 7% de media de los campus ingleses.

En cambio, sí hay una gran selección académica. Además de un buen expediente, hay que superar una rigurosa entrevista en la que se valoran tanto los conocimientos como otros rasgos del candidato.

Exigencia máxima
Y el nivel de exigencia no baja después. “Es fácil deprimirse o tener problemas de confianza, porque vienes acostumbrado a ser el más inteligente de tu instituto o tu ciudad y, cuando llegas aquí, te encuentras con gente increíblemente lista”, advierte Laura, alumna del Sidney Sussex College.

“Es cierto, pero aquí existen bastantes redes de apoyo, como el consejo que ofrecen los más veteranos a los recién llegados y las charlas informales que se mantienen en las tutorías”, matiza Cronin, quien destaca el bajo índice de abandono de Cambridge

Desde el punto de vista del profesor, el modelo educativo tiene una ventaja: éste queda liberado de repetir tediosamente sus lecciones para centrarse en una labor de orientación académica y, por supuesto, en la investigación, que tantas alegrías le da a Cambridge.

“El límite de mi contrato son 40 horas de clase al año. Aquí hay mucha presión y apoyo institucional para que investigues, por no mencionar que, a la hora de reclutar personal docente e investigadores brillantes, ayuda mucho ir de parte de Cambridge”, subraya Jeff Miley, profesor de Sociología Política especializado en los nacionalismos españoles tras hacer una estancia postdoctoral en Barcelona. “El profesorado español de Ciencias Sociales no tiene fondos para que su investigación sea innovadora, así que tienen que recurrir a fuentes secundarias”, compara.

Cambridge English
Una importante fuente de financiación para la Universidad son Cambridge English y Cambridge University Press. Son, respectivamente, sus divisiones especializadas en la evaluación de aptitudes lingüísticas en inglés y su editorial.

La primera envía cerca de siete millones de certificados a 170 países diferentes al año, con los correspondientes ingresos en forma de tasas. Un negocio global para el que cuenta con 10 oficinas (una en Madrid) y 600 empleados repartidos por todo el mundo.

La segunda es la única editorial del mundo que no ha dejado de publicar desde que se creó, en 1484. Edita más de 2.500 nuevos manuales al año y cuenta con un catálogo de 50.000 obras.

*Publicado en G/U/CAMPUS, el suplemento universitario del diario EL MUNDO, el 17 de diciembre de 2014.

Tras los muros de Cambridge / 48 horas tras los pasos de Newton, Darwin y Byron*

Isaac Newton, Lord Byron, Stephen Hawking, John Maynard Keynes, el descubrimiento de la estructura atómica, la doble hélice del ADN, la evolución de las especies… Todos estos nombres y avances científicos tienen algo en común: hicieron historia desde un reducto académico de apenas 40 km2 a orillas del río Cam que está considerado uno de los mayores pozos de talento de la humanidad.

Se trata de la Universidad de Cambridge, una de las cinco mejores del mundo según todos los ‘ranking’ internacionales y el lugar donde se han cocinado 90 premios Nobel desde 1901, y donde también se han formado 15 primeros ministros británicos, al menos 23 jefes de Estado de todo el mundo y nueve monarcas, incluyendo a la reina Sofía.

G/U/CAMPUS ha podido traspasar los viejos muros de la institución, mezcla de arquitectura gótica y victoriana, entre otras; recorrer sus claustros y asomarse a los rincones ocultos de sus ‘colleges’, desde los que se ha escrito la historia y donde cada año se forman las mentes más brillantes del mundo.

En toga y bicicleta

Fundada en 1209 por un grupo de estudiantes huidos de Oxford y germen de Harvard (EEUU), una de las principales diferencias entre Cambridge y otras universidades es su asombroso patrimonio. No es de extrañar, por tanto, que reciba cada año 3,5 millones de visitantes que recorren sus callejuelas de piedra, tomadas por cientos de bicicletas, el medio de transporte oficial de los universitarios.

Todos se asoman a los torreones, las capillas y hasta los bares de los alrededores parar leer en ellos anécdotas del pasado como si fueran las páginas de un libro.

Especialmente el Trinity College (32 premios Nobel), milla de oro en la historia del conocimiento. Allí convivió Lord Byron con un oso al estar prohibidos los perros. Allí florece cada año, a los pies de su antigua habitación, un descendiente del viejo manzano que inspiró a Newton. Y allí se conserva también una curiosa tradición: correr los 400 metros del perímetro de uno de sus jardines durante los 40 segundos que resuenan las campanas de medianoche. Un desafío para novatos alcoholizados que fue institucionalizado y convenientemente trasladado al mediodía en los 90.

Ya entre las callejuelas de la ciudad, es lugar de paso obligatorio el Eagle. Este mítico restaurante fue el lugar donde James Watson y Francis Crick urdieron y anunciaron, en 1953, el hallazgo de la doble hélice del ADN al grito de “¡hemos descubierto el secreto de la vida!”.

O Parker’s Piece, el parque en el que se puso a prueba el primer reglamento de la historia del fútbol en 1848 tras permanecer varios siglos prohibido académicamente.

Una cena medieval

Anécdotas al margen, por lo que realmente destaca Cambridge es por reunir a algunas de las mentes más privilegiadas de todo el mundo. “Lo que más me llamó la atención cuando llegué aquí fue la enorme diversidad cultural”, afirma Waifred, alumno hongkonés de doctorado en Biología.

Responde a las preguntas mientras termina de cenar a la luz de las velas en el comedor formal del Peterhouse College, el más antiguo de Cambridge. Le rodean los vetustos retratos de honorables académicos que han dejado su impronta en el lugar. Son 800 años de historia que Waifred honra vistiendo un ‘gown’, la toga que algunos colleges imponen para cenar determinados días de la semana.

Como tantos otros lugares de Cambridge, los comedores son lugares misteriosos, casi fantasmagóricos. De ahí que se oferten en la ciudad diferentes rutas guiadas que repasan leyendas sobre fantasmas, espectros de estudiantes, demonios y sociedades siniestras.

“Aquí es mejor no hablar de política a las primeras de cambio con gente que no conoces, porque podrías estar hablando con el hijo de un jefe de Estado o algo así”, continúia Waifred. “El otro día estaba hablando con un compañero sobre la revolución de los paraguas de mi país y resultó ser el hijo del gobernador de Hong Kong”.

Tiene lógica que, en los años 30, el KGB intentara obtener información sensible de la inteligencia británica por medio de una privilegiada red de espías conocida como el Círculo de Cambridge, y que integraban Anthony Blunt, Kim Philby, Donald Maclean, Guy Burgess y John Cairncross.

Volviendo a las tradiciones medievales, la toga es una de las pocas que se han mantenido a lo largo de los siglos. Y ni siquiera pervive en todos las residencias de alumnos. “En el King’s no la llevamos, porque es uno de los ‘colleges’ más liberales”, explica Sam, estudiante de Matemáticas, mientras departe con sus compañeros en la cafetería. En el interior de este ‘college’ se celebró una de las reuniones más famosas en la historia de las ‘societies’. Se dice que la habitación H3 acogió, en 1946, la reunión del Club de Ciencias Morales en la que Ludwig Witgenstein esgrimió un atizador incandescente contra Karl Popper durante una discusión, moderada por Bertrand Russell, sobre la naturaleza de la filosofía.

De esmoquin al bar

En otros casos, la etiqueta se extiende al traje, de ahí que a nadie en la cafetería del Catheryn’s College le llamen la atención tres jóvenes que juegan al billar de punta en blanco.

Daniel golpea una bola embutido en su esmoquin mientras Connor y Josh apuran su cerveza en traje y corbata. “En Catheryn’s las cenas formales son los miércoles, viernes y domingos, y nos toca ir arreglados y con la toga”, dice Connor.

Los tres explican cómo, en Cambridge, casi todos los alumnos suelen tener dos grupos de amigos, “los del ‘college’ y los de la carrera”, como consecuencia de la peculiar estructura de la institución, formada por 31 ‘colleges’ (tres de ellos femeninos) y 150 departamentos, facultades y escuelas.

Los primeros son mucho más que residencias, porque en ellos transcurre buena parte de la vida académica y la participación en sociedades, los clubes en las que la mayoría de alumnos comparte aficiones que van desde la política y el remo hasta la pintura y la música.

El coro de Clare´s

Es el caso de un grupo de alumnos del Clare’s College que calientan sus voces minutos antes de la misa en la que van a tomar parte dentro de una de las imponentes capillas del campus. En esos instantes previos, la sala de ensayo es un hervidero de túnicas, prisas, nervios, graves y agudos al piano. Do, si bemol, la, fa, y vuelta a empezar.

Drinking societies

Pero hay clubes más prosaicos, como las legendarias ‘drinking societies’, en las que se consagra el consumo de alcohol con algún aderezo ocasional de versos y debates. Estas sociedades tienen especial predicamento entre los aristocráticos del campus, que encajan bien con la atmósfera semisecreta, snob y excluyente que las caracteriza.

Es domingo por la noche, y dos de ellas desembocan unidas en Trumpington Street, una de las calles que hilvanan los principales ‘colleges’ desde el interior mientras el río Cam los abraza por la espalda, con sus 24 puentes y sus ‘punts’, pequeñas embarcaciones que surcan el río a golpe de remo. Caminan unidos por corbatas atadas a la altura de la muñeca en parejas chico-chica, salvo dos de ellos. “No había chicas suficientes y hemos tenido la mala suerte de que nos tocara juntos”, se lamentan Henry y Milo.

Es lo que en Cambridge llaman ‘swaps’, multitudinarias citas a ciegas que comienzan con una cena en el comedor del ‘college’, o en restaurantes baratos donde sirvan vino a buen precio, y terminan en los pubs de Cambridge, como el Vodka Revolution, uno de los locales de moda. Frecuentemente, el sexo llega de la mano del alcohol en los lugares más insospechados.

De esos desmadres dan fe los numerosos camareros españoles que, como los polacos, son mayoría tras las barras de bar y entre las mesas de los restaurantes. “De enero a septiembre no hay quien salga por Cambridge, porque la ciudad está tomada por los nuevos alumnos que salen disfrazados o atados en parejas para demostrar quién es el que más aguanta”, coincide en señalar un grupo de españolas que celebra su noche libre.

Música en el collete

Mucho más convencional es la Sociedad de Música del Sidney Sussex College, a la que interrumpimos en plena sesión plenaria. “Organizamos una reunión a la semana y dos o tres conciertos”, explica William, presidente de la sociedad. “Hay tantas cosas que hacer en Cambridge que tienes que decidir si quieres estudiar una barbaridad de horas para ser un alumno sobresaliente o que la experiencia de Cambridge te enriquezca”, punualiza su compañera Laura.

Precisamente, la experiencia Cambridge es la piedra filosofal que con más celo protege la insitución, donde el aprendizaje es algo que ocurre en cualquier lugar del campus más que en el aula misma.

A menos de tres millas

Eso explica que, por tradición, se obligue a los alumnos a vivir a no más de tres millas (casi 5 kilómetros) de la torre de la iglesia de Great Saint Mary, centro geográfico de la vida académica.

“Yo vivo a cinco millas (8 kilómetros) de aquí, así que tuve que mudarme a un ‘college’ y, en todo caso, yo quería tener esta experiencia”, argumenta Fiona, que estudia Arquitectura en su habitación del Queen’s College.

Tampoco está bien visto trabajar durante en los meses lectivos porque, de nuevo, creen que le robaría tiempo a la vivencia universitaria. A cambio, existen generosas becas que se entregan a los alumnos y, como excepción, se les permite trabajar en el bar de los ‘colleges’, las bibliotecas o echando una mano en los días de puertas abiertas.

Y algo parecido ocurre con los profesores. “Tradicionalmente tenían que vivir en el ‘college’, pero ya no. Aun así, te regalan o te subvencionan el alojamiento a cambio de tutorías”, destaca Jeff Miley, profesor de Sociología Política. “Te dan comida gratis para fomentar la convivencia, romper barreras y que se produzca constantemente el encuentro con el estudiante”, precisa.

* Publicado en G/U/CAMPUS, el suplemento universitario del diario EL MUNDO, el 17 de diciembre de 2014

Los números de 2014

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un teleférico de San Francisco puede contener 60 personas. Este blog fue visto por 2.000 veces en 2014. Si el blog fue un teleférico, se necesitarían alrededor de 33 viajes para llevar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

Los cuatro de Quintanilla

Entre las olvidables minipropuestas de reforma universitaria que acaba de presentar el ministro de educación (en plenas vacaciones de verano, la cobardía ha sido la cualidad predominante en ese departamento las ultimas legislaturas), solo hay una que requiera dedicarle un momento de reflexión: la posibilidad de que las universidades elijan si ofertar grados de tres o cuatro años.

El cambio a los de tres figuraba en el programa del PP, y está bien que, por una vez, este gobierno haya cumplido un compromiso con sus electores. A mí, personalmente, me parecía bien la propuesta tal y como estaba recogida: grados de tres años para todos. Los de cuatro años fueron solo una anomalía del Proceso de Bolonia en España impulsada por un secretario de Estado de Universidades, Miguel Ángel Quintanilla, tan iluminado e impetuoso como el actual ministro.

Quintanilla tomó la batuta allá por 2006 a las órdenes de Mercedes Cabrera, nombrada sustituta de María Jesús San Segundo un día después de que se aprobara la Ley Orgánica de Educación. A esta última se la desterró por su falta de punch político. Conocía como pocos la tramoya técnica de las políticas universitarias, pero pecó de cierta indolencia, cometió el delito de no convocar a los rectores con la frecuencia deseada y se vio perjudicada por su desencuentro con el secretario de Estado que le había impuesto José Luis Rodríguez Zapatero, Salvador Ordóñez.

Así que había que cambiar de registro. Se buscaba a alguien con mucha resolución y capacidad ejecutiva, y nos trajeron a Quintanilla, que llegó con sus grados de cuatro años bajo el brazo. Yo estuve en la rueda de prensa en la que se presentaron, y aún recuerdo lo artificiales que me sonaban los argumentos que allí se esgrimieron: que si en España llegábamos demasiado pronto a la universidad, que si era necesario paliar las carencias formativas de los alumnos con un año de formación básica, que si el modelo de San Segundo (3+1+1) era complejo y poco comprensible…

Así que nos endosaron el 4+1 en el texto de la Lomlou y acabamos el Proceso de Bolonia más lejos de la orilla (el 3+2 del exitoso modelo anglosajón, no lo olvidemos) de lo que lo habíamos comenzado.

En fin, era cuestión de tiempo el regreso a los tres años. Entre otras cosas porque un alumno europeo podía venir tras cursar en su país un grado de tres y hacer un master en España antes que sus coetáneos españoles. Si se trataba de homologar y de fomentar la movilidad, los grados de cuatro años eran un despropósito. Además, tres años dan más que de sobra para carreras profesionalizantes. Y ya había quedado claro que, para el resto, no hacer un máster era un pecado capital con penalización en el curriculum.

Total, que me alegré mucho cuando vi la propuesta electoral del PP. Lo que ya no me pareció tan bien fue que el decreto permitiera a cada rectorado elegir entre planes de estudios de tres años y de cuatro.

Que conste que soy partidario de la flexibilidad en casi todos los ámbitos de la vida universitaria, de que haya márgenes para que cada cual se especialice y se diferencie. Sin embargo, no estoy seguro de que la duración de las carreras deba estar sujeta a elección. Acepto argumentos en contra, pero pienso que introduciría un elemento de caos en el sistema y de confusión para los futuros alumnos sin aportar mejoras significativas de competitividad. Un grado de cuatro años no tiene por qué ser mejor que uno de tres, y las carencias del bachillerato mejor que se resuelvan en el bachillerato, no a costa de devaluar el nivel de la universidad.

Colocada ya la pieza sobre la mesa, pueden ocurrir tres cosas:

1. Que el Ministerio la retire e imponga grados de tres años.

2. Que siga adelante pero que los rectores pacten implantar, todos a una, grados de la misma duración.

3. Que no se dé ninguna de las anteriores circunstancias y comience el baile de presiones internas. ¿Qué departamento va a querer renunciar a un año de carga docente, recursos, personal extra… Aunque ello vaya en detrimento de los alumnos?

González-Trevijano, la otra Universidad del PP

Cuando el PP llegó al Gobierno a finales de 2011 hubo un pequeño acto en el Ministerio de Educación para despedir al ministro Ángel Gabilondo. Recuerdo que faltaba poco ya para que Mariano Rajoy anunciara su primer equipo de Gobierno, así que los corrillos de periodistas echaban humo especulando quién sería el siguiente ministro del ramo. Casi todos pensábamos que una buena opción era Pedro González-Trevijano, rector por entonces de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y uno de los aspirantes al puesto que más fuerte sonaban en todas las apuestas. Afín al PP y a las políticas educativas de su programa electoral, tenía la ventaja de conocer bien los engranajes y protocolos, tanto formales como informales, de la vida universitaria. Y sobre todo, contaba con el respeto de los rectores, incluidos los de izquierdas, con los que no había dudado en alinearse frente a Esperanza Aguirre y la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid a raiz de los primeros recortes de la crisis.

¿Quién mejor que el para avanzar en la gran transformación que la universidad española estaba pidiendo a gritos? En lo que a política universitaria se refiere, al nuevo ministro solo se le reclamaría la inteligencia y el sentido común necesarios para aprovechar el estupendo trabajo técnico que había dejado hecho Màrius Rubiralta en la legislatura anterior. Cambio de los sistemas de Gobierno y financiación, una subida de tasas razonable, progresiva y acompañada de un justo y abundante contrapeso de becas… ¡Hasta fusiones! Todo eso estaba ya negro sobre blanco, consensuado con toda la comunidad universitaria y a la espera del impulso político necesario para salir adelante.

¡Qué ilusos fuimos! Mariano Rajoy no tenía ningún interés en mejorar la Universidad. Nunca lo ha tenido, pero ahora menos. Ahora lo urgente era reducir la inversión pública en universidad, abaratar costes. Para eso, más que a González-Trevijano, Rajoy necesitaba a José Ignacio Wert, que es a la política universitaria lo que Mourinho al fútbol. Desde luego, no le ha faltado táctica en estos casi tres años que lleva en el Ministerio.

Primero hizo palanca en la extrema situación de la economía española para imponer unas leoninas medidas de austeridad. Cuando la cura de adelgazamiento no estaba tan justificacda ya por la coyuntura financiera, se puso al frente (sí, se puso al frente) de una campaña mediática contra la universidad, en general, y los rectores, en particular. Si conseguía presentarlos ante la sociedad como demonios con cola, cuernos y tridente, todos los recortes y ataques parecerían justificados.

Y mientras eso hacía, puso a trabajar a una comisión de expertos. Les pidió pergeñar, durante seis meses, una hoja de ruta para la mejora de la universidad que sabía que nunca iba a aplicar. Y si tenía alguna intención remota, desapareció cuando la elaboracion del documento acabó como el rosario de la aurora, con la mitad de los miembros de la comisión en desbandada y con algunas propuestas más drásticas de lo que cualquier ministro podría asumir.

En todo caso, lo que pretendía expresar con este post es que hay en el PP y sus proximidades otra concepción de la universidad y de las políticas universitarias. Gente como González-Trevijano, como Sandra Moneo o como el que fuera portavoz educativo del PP en el Congreso, Eugenio Nasarre, que ahora asisten entre asombrados e indignados a las propuestas educativas del PP.

De todas formas, como decía, el Gobierno da ya por agotada una legislatura estéril en lo que a reforma universitaria se refiere. Apenas un menú de insulsos decretitos más destinados a cubrir el expediente que a cambiar la realidad. Ya veremos si los populares tienen en mente tomarse en serio la Universidad en una eventual (¿posible?) segunda legislatura en el Gobierno. Si es así, esperemos que ponga al frente a alguno de los representantes del otro PP universitario.

Becas: cada vez más por cada vez menos*

El endurecimiento de los requisitos académicos para obtener ayudas ha reducido un 9% las cuantías medias recibidas por alumno y ha dejado sin otorgar 1.100 Erasmus para este curso

Hace justo un año, en estas mismas páginas, se daba cuenta del tsunami que había impulsado José Ignacio Wert en la cultura de las becas entregadas por el Ministerio de Educación, que él dirige.
Fiel al discurso que ha mantenido desde que asumió la cartera, el ministro había elevado drásticamente los requisitos académicos exigibles a todo aquel que quisiera hacerse con una ayuda estatal. En resumen, notas medias incluso superiores al 6,5 y porcentajes de aprobados por encima, en algunos casos, del 90% de los créditos. 
Con esta leonina definición del sistema de becas se cerraban muchos meses marcados por el ruido de sables con los rectores y la comunidad universitaria en general.
No en vano, algunas de las más importantes decisiones tomadas por Wert en el inicio de la legislatura habían estado dirigidas a desmontar algunas de las principales garantías de equidad del modelo universitario español.
En el curso 2012-2013, ya había arrebatado 13 millones al programa de becas de formación del profesorado universitario (FPU), y había cancelado el programa de becas Séneca, de movilidad nacional. 
Pero el ruido no ha cesado en los últimos 12 meses, y las becas han seguido siendo el telón de fondo de ese mismo enfrentamiento. La primera bomba en estallar fue la decisión del ministro de restringir el tramo estatal de la beca Erasmus a los estudiantes con beca general, pese a que muchos de los supuestos beneficiarios se encontraban ya en el país de destino.
 Y le acabó estallando al propio Wert en la cara, incluyendo un cruce de acusaciones con el portavoz de Educación de la UE, Dennis Abbot. Mariano Rajoy le obligó a dar marcha atrás en la medida tras instar al ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, a presupuestar 20 millones extra. Pero no era más que el principio del cambio que se empezaba a gestar de cara al próximo curso.
El nuevo programa Erasmus.es, cuyas becas suponen 100 euros más que las básicas de la Comisión Europea, reduce la estancia en el extranjero de un curso a nueve meses. Para acceder las ayudas, además, se exige tener un nivel B2 en la lengua del país elegido y haber aprobado 60 créditos de grado en el curso anterior.
Hace unos días se conocieron los resultados de esas nuevas condiciones. Educación sólo ha conseguido entregar 8.857 de las 10.000 becas que ofertaba, entre universitarios y no universitarios, ya que un 34,4% de los candidatos no cumplían los requisitos.
En cambio, el endurecimiento de la exigencia en las becas generales no ha reducido el número de receptores. Al contrario, han aumentado un 10% (de 291.230 a 322.000) por tres motivos: porque los estragos de la crisis hacen que cada vez más familias estén dentro de los umbrales de renta, porque la inversión del Gobierno ha crecido un 21,21% hasta alcanzar los 1.428 millones de euros y porque los alumnos han respondido al órdago de Wert mejorando sus resultados académicos.
Educación comparó los expedientes de estudiantes que obtuvieron beca los últimos dos cursos y llegó a la conclusión de que la nota media subía de 6,8 a 7,4 y el porcentaje de créditos aprobados pasaba del 93% al 96,4%.
Paradójicamente, ese esfuerzo no ha recibido recompensa. En lugar de crecer, la cuantía media de las becas universitarias (teniendo en cuenta el complejo cálculo de la dotación variable) ha caído un 9%, al pasar de 3.101 a 2.824 euros.
No obstante, apenas se van a introducir cambios de cara al próximo curso. Con dos excepciones: los alumnos de ciencias y enseñanzas técnicas tendrán que aprobar el 40% en vez del 50% de los créditos para no tener que devolver la bolsa económica recibida el curso anterior, y la apertura de las ayudas a los alumnos no presenciales o a tiempo parcial.

 

*Publicado en el Especial Formación de EL MUNDO el 9 de julio de 2014