Sapere Aude

Política universitaria de primera mano

Mes: julio, 2014

Becas: cada vez más por cada vez menos*

El endurecimiento de los requisitos académicos para obtener ayudas ha reducido un 9% las cuantías medias recibidas por alumno y ha dejado sin otorgar 1.100 Erasmus para este curso

Hace justo un año, en estas mismas páginas, se daba cuenta del tsunami que había impulsado José Ignacio Wert en la cultura de las becas entregadas por el Ministerio de Educación, que él dirige.
Fiel al discurso que ha mantenido desde que asumió la cartera, el ministro había elevado drásticamente los requisitos académicos exigibles a todo aquel que quisiera hacerse con una ayuda estatal. En resumen, notas medias incluso superiores al 6,5 y porcentajes de aprobados por encima, en algunos casos, del 90% de los créditos. 
Con esta leonina definición del sistema de becas se cerraban muchos meses marcados por el ruido de sables con los rectores y la comunidad universitaria en general.
No en vano, algunas de las más importantes decisiones tomadas por Wert en el inicio de la legislatura habían estado dirigidas a desmontar algunas de las principales garantías de equidad del modelo universitario español.
En el curso 2012-2013, ya había arrebatado 13 millones al programa de becas de formación del profesorado universitario (FPU), y había cancelado el programa de becas Séneca, de movilidad nacional. 
Pero el ruido no ha cesado en los últimos 12 meses, y las becas han seguido siendo el telón de fondo de ese mismo enfrentamiento. La primera bomba en estallar fue la decisión del ministro de restringir el tramo estatal de la beca Erasmus a los estudiantes con beca general, pese a que muchos de los supuestos beneficiarios se encontraban ya en el país de destino.
 Y le acabó estallando al propio Wert en la cara, incluyendo un cruce de acusaciones con el portavoz de Educación de la UE, Dennis Abbot. Mariano Rajoy le obligó a dar marcha atrás en la medida tras instar al ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, a presupuestar 20 millones extra. Pero no era más que el principio del cambio que se empezaba a gestar de cara al próximo curso.
El nuevo programa Erasmus.es, cuyas becas suponen 100 euros más que las básicas de la Comisión Europea, reduce la estancia en el extranjero de un curso a nueve meses. Para acceder las ayudas, además, se exige tener un nivel B2 en la lengua del país elegido y haber aprobado 60 créditos de grado en el curso anterior.
Hace unos días se conocieron los resultados de esas nuevas condiciones. Educación sólo ha conseguido entregar 8.857 de las 10.000 becas que ofertaba, entre universitarios y no universitarios, ya que un 34,4% de los candidatos no cumplían los requisitos.
En cambio, el endurecimiento de la exigencia en las becas generales no ha reducido el número de receptores. Al contrario, han aumentado un 10% (de 291.230 a 322.000) por tres motivos: porque los estragos de la crisis hacen que cada vez más familias estén dentro de los umbrales de renta, porque la inversión del Gobierno ha crecido un 21,21% hasta alcanzar los 1.428 millones de euros y porque los alumnos han respondido al órdago de Wert mejorando sus resultados académicos.
Educación comparó los expedientes de estudiantes que obtuvieron beca los últimos dos cursos y llegó a la conclusión de que la nota media subía de 6,8 a 7,4 y el porcentaje de créditos aprobados pasaba del 93% al 96,4%.
Paradójicamente, ese esfuerzo no ha recibido recompensa. En lugar de crecer, la cuantía media de las becas universitarias (teniendo en cuenta el complejo cálculo de la dotación variable) ha caído un 9%, al pasar de 3.101 a 2.824 euros.
No obstante, apenas se van a introducir cambios de cara al próximo curso. Con dos excepciones: los alumnos de ciencias y enseñanzas técnicas tendrán que aprobar el 40% en vez del 50% de los créditos para no tener que devolver la bolsa económica recibida el curso anterior, y la apertura de las ayudas a los alumnos no presenciales o a tiempo parcial.

 

*Publicado en el Especial Formación de EL MUNDO el 9 de julio de 2014

Cómo distinguir una universidad de prestigio de un ‘chiringuito’ *

En España, el factor decisivo para elegir centro ha sido siempre la proximidad, pero cada vez más jóvenes rastrean la oferta en busca de formación de la máxima calidad y un título valorado

 

Pocas decisiones son tan trascendentales en la vida da de una persona como elegir la profesión a la que se quiere dedicar y el lugar en el que se quiere formar antes de poder ejercerla. Muchos son los factores que pueden influir para que un alumno se decante por una u otra universidad o por una u otra carrera. Sin embargo, tradicionalmente, los estudiantes españoles se han basado en un único criterio: la proximidad.

Así, el número de estudiantes que se va a estudiar a una comunidad distinta a aquella en la que hizo la selectividad no supera el 30% en la mayoría de las autonomías y baja del 20% en sistemas universitarios potentes como los de Madrid y Cataluña. Algo que tiene muchas consecuencias negativas.

«Cuanto más lejos de casa, mejor, porque el mero hecho de alejarse del hogar ya es formativo», corrobora Zulima Fernández, catedrática de Organización de Empresas de la Universidad Carlos III de Madrid y ex directora de la Agencia Nacional para la Evaluación de la Calidad y Acreditación (Aneca). Esta es, precisamente, la institución que hace de árbitro de la calidad de las titulaciones oficiales que se imparten en España.

Lo cierto es que hay una creciente concienciación entre los jóvenes de que no todos los títulos tienen el mismo prestigio ni abren las mismas puertas hacia el mundo laboral. De ahí que cada vez se piensen más en qué canasta ponen los huevos de su futuro.

Porque, a pesar de que el sistema universitario español se ha empeñado en incubar centros clónicos y en no incentivar la excelencia, hay factores que permiten diferenciar un centro de prestigio de un chiringuito. Éstos son algunos.

relación con la empresa. La Universidad forma a intelectuales, ciudadanos críticos y futuros investigadores, pero, sobre todo, forma a profesionales para el sistema productivo. La mayoría de los jóvenes elige su carrera pensando en la profesión que quiere ejercer. Por eso, las buenas universidades deben tener muy presente la conexión con la empresa y la sociedad en general. Cuantos más convenios y proyectos de colaboración con el exterior del campus, mucho mejor.

«Es clave, y sobre todo en algunas titulaciones con orientación profesional. Por ejemplo, un estudiante de ingeniería que no haya pasado antes por una empresa es un analfabeto», sentencia Francisco Marcellán, catedrático de Matemática Aplicada y también ex director de la Aneca y ex secretario general de Política Científica y Tecnológica. «Yo aconsejaría a los nuevos estudiantes buscar centros que promuevan iniciativas de emprendimiento y le dediquen una parte de sus prácticas y de sus asignaturas», complementa Carmen Pérez Esparrells, profesora de Economía Aplicada de la Universidad Autónoma de Madrid.

CONVENIOS. Otro rasgo que se atribuye a las mejores universidades es su capacidad de estrechar lazos con otros centros. «Que haya un intercambio constante de profesores es fundamental, al igual que fomentar relaciones con la sociedad a todos los niveles, y si puede ser en el extranjero, mejor», plantea Pello Salaburu, catedrático de Filolofía Vasca y ex rector de la Universidad del País Vasco.

Según Marcellán, el intercambio de profesores es muy provechoso, además, «porque permite comparar y aprender de las buenas prácticas de otros países, a lo que Pérez Esparrells suma «la posibilidad de obtener dobles titulaciones».

instalaciones. Los edificios universitarios son la materialización en piedra y metal del proyecto académico, además de un lugar en el que el alumno pasará muchas horas durante al menos cuatro años. De ahí que se tengan muy en cuenta a la hora de elegir centro.

Sin embargo, no es bueno guiarse por las primeras impresiones. «Yo no le daría mucha importancia a los edificios, porque la clave de la educación es la figura del profesor, incluso con la nueva filosofía de Bolonia, en la que el alumno se convierte en el centro del aprendizaje», recomienda Pérez Esparrells.

Desde ese enfoque, esta experta en Economía de la Educación enumera las instalaciones que sí son decisivas en una buena formación: «El número de aulas, laboratorios, salas de informática, los puestos y los fondos de la biblioteca…».

MÉRITOS DOCENTES. Vale, lo que marca la diferencia es tener o no buenos profesores. Pero, ¿cómo saber si una determinada facultad cuenta con ellos? No es sencillo, porque los tramos del sueldo con los que, en teoría, se premia a los buenos profesores en las públicas se conceden sistemáticamente a todos ellos. En cambio, los sexenios investigadores sí están sometidos a un examen riguroso en el que se valora su trabajo científico, por lo que se utiliza como indicador de calidad en numerosos ránkings.

¿Pero debe serlo también a la hora de elegir un grado? «Son importantes en el caso de que los estudios elegidos sean científico-técnicos, pero si su orientación es más profesionalizante me fijaría más en las prácticas y los convenios con empresas», responde Pérez Esparrells. Y precisa Zulima Fernández: «Claro que un estudiante debe mirar si su universidad es buena en investigación, porque todo ese trabajo científico no lo hace el profesor para sí mismo, sino que redunda en la calidad de su docencia».

RECONOCIMIENTOS. Del mismo modo, cualquier reconocimiento a la universidad y la facultad elegidas debería sumar puntos en la selección. Los hay de muchos tipos: que mantenga buenas posiciones en los diferentes rankings de universidades, que fuera reconocido en 2009 o 2010 como campus de excelencia por el Ministerio de Educación con especialización en el área elegida, que cuente con menciones de excelencia en ciertos posgrados…

DEMANDA. «No es un mal indicador, cuando la gente quiere entrar en un sitio es por algo», sostiene Salaburu. Y todos los expertos consultados coinciden con él en que, cuanto más nota exige una Facultad para entrar, más calidad ofrece. Aunque con una salvedad que apunta Marcellán. «La demanda también puede estar influida por modas», matiza.

Otra cuestión es cómo logra una universidad que ese atracón de demanda no se traduzca en masificación y grupos indigeribles para el profesor. Por eso, es muy aconsejable analizar cuántos alumnos por clase ofrece una universidad antes de matricularse en ella. «El grupo con el que yo trabajo sin problemas es el de 60 alumnos, divididos en equipos de seis», sugiere Marcellán.

«Yo prefiero un buen profesor para una clase grande que un mal profesor para unos pocos alumnos. Ahora, si el profesor es bueno y tiene pocos alumnos, pues mejor», añade Fernández.

WEB. Junto con los edificios, la primera impresión de una universidad le llega al alumno a través de su página de internet. «Es muy importante echarle un ojo a la web para ver si transmite la imagen de una institución moderna y agradable», comenta Salaburu.

 

Marcellán denuncia que las webs universitarias españolas «son muy malas», y enumera elementos que, a su juicio, no deberían faltar en ellas: «Como en las buenas universidades americanas, tendrían que estar muy accesibles la memoria de investigación, la nota media de los alumnos de nuevo ingreso del curso anterior y la tasa de aprobados, así como las calificaciones que los alumnos pusieron a sus profesores».

TRANSPARENCIA. La voluntad de hacer pública toda esa información, y de ponerla al servicio de sus clientes, es otra de las buenas prácticas al alza en un sistema universitario con tales carencias que, incluso, resulta difícil reunir mucha de la información que se menciona en este listado. «Los sistemas de información son muy deficientes, sería necesario que se hicieran públicos indicadores comparables para todo el sistema universitario», lamenta Salaburu.

*Publicado en el suplemento especial de Formación de EL MUNDO el 9 de julio de 2014