Sapere Aude

Política universitaria de primera mano

Mes: enero, 2015

Apunten a la cesta, no a las manzanas*

Vale, Íñigo Errejón recibió un sustancioso contrato de investigación de manos de un colega de partido. Lo firmó y siguió cobrando seis meses el correspondiente sueldo pese a que era incompatible con su agenda política y con los pagos que recibía de Podemos. En el peor de los casos, se benefició de un chanchullo más de la casta universitaria. En el mejor, obró de buena voluntad, pero fue torpe y lento a la hora de mantener alejada la sombra de la duda. Imperdonable en un partido que pretende elevar el umbral de la honestidad en la política española.

A nadie se le escapa que este lamparón en el expediente de Errejón se extiende como chapapote sobre la credibilidad de Pablo Iglesias y los suyos. De ahí el empeño general de los últimos días en apuntar con el dedo a la manzana podrida. Pero a mí, más que la manzana, me preocupa la cesta, el fallo sistémico de la Universidad española, su empeño en promover la picardía y la trampa por encima del mérito.

Sólo así se explica que el responsable de la Agencia de Obra Pública de Andalucía, que fuera profesor colaborador de la UMA, pudiera adjudicarle a capricho 284.000 euros a Alberto Montero, que todavía lo es. O que éste sólo fuera capaz de encontrar a un aspirante a la envidiable nómina que contemplaba el proyecto. O que ese candidato, Errejón, esté más especializado en la política boliviana que en la de vivienda, según Google Scholar.

El sistema universitario que permite semejante sucesión de despropósitos es el mismo que somete a los rectores al voto de aquellos a los que tiene que gobernar, dejándolos maniatados e inútiles. El mismo que contrata a un 90% de sus nuevos profesores entre los candidatos de la casa, que tolera catedráticos sin labor científica reconocida o que no obliga a devolver los recursos destinados a investigaciones hueras. Lo que no se evalúa, se devalúa, y así nos luce el pelo.

Es la obra de un PSOE que siempre ha considerado a la Universidad pública algo suyo y para los suyos, y un PP que, sin lobbies religiosos que lo azucen, la ha abandonado a su suerte. Pero ustedes apunten, si quieren, a la manzana.

* Publicado en la sección ‘Punto de vista’ de EL MUNDO el 23 de noviembre de 2014.

Tras los muros de Cambridge / Mucho más que dinero (2/2)*

Comparar a la Universidad de Cambridge con cualquiera de sus homólogas españolas, como hacen algunos ranking, es como pretender que un equipo de la segunda división belga le gane al Real Madrid en la Champions League.

Pese a ser pública, Cambridge es una universidad de élites dotada con una cantidad de recursos que pocos centros tienen a su alcance. Sin embargo, basta con dar un paseo por alguno de sus ‘colleges’ o facultades para percibir que el dinero no es el único secreto de su éxito. Por ejemplo, en su escuela de negocios sólo hay tres ‘lecture classes’, en las que se imparten las clásicas lecciones magistrales. En cambio, el centro está salpicado de cómodos espacios de trabajo para los alumnos, pequeñas aulas para tutorías y seminarios, salas insonorizadas en la biblioteca…

Y la misma proporción, tan extraña desde el punto de vista español incluso después de Bolonia, se mantiene con los horarios. “Un profesor de artes suele dar tres horas de clase a la semana, y uno de ciencias, tres al día”, explica Ryan Cronin, portavoz del Saint Johns College y ex alumno de Teología en Cambridge.

Alumnos autónomos
Este enfoque es posible porque al alumno se le trata como a una persona madura y responsable, capaz de administrar su tiempo y andar su propio camino. “Se les suele animar para formarse por sí mismos, así que habitualmente trabajan en grupos de discusión”, continúa Cronin.

¿El resultado? Dos horas diarias de lecciones magistrales y ocho o nueve de trabajo autónomo, como coinciden en señalar varios de los alumnos entrevistados. Es cierto que el elevado nivel de los alumnos lo facilita. Como universidad pública, Cambridge no es muy cara (9.000 libras, unos 11.349 euros, más otro tanto por alojamiento, comidas…), pero sí se realiza una criba socioeconómica indirecta: un 50% de sus alumnos llegan de colegios privados, frente al 7% de media de los campus ingleses.

En cambio, sí hay una gran selección académica. Además de un buen expediente, hay que superar una rigurosa entrevista en la que se valoran tanto los conocimientos como otros rasgos del candidato.

Exigencia máxima
Y el nivel de exigencia no baja después. “Es fácil deprimirse o tener problemas de confianza, porque vienes acostumbrado a ser el más inteligente de tu instituto o tu ciudad y, cuando llegas aquí, te encuentras con gente increíblemente lista”, advierte Laura, alumna del Sidney Sussex College.

“Es cierto, pero aquí existen bastantes redes de apoyo, como el consejo que ofrecen los más veteranos a los recién llegados y las charlas informales que se mantienen en las tutorías”, matiza Cronin, quien destaca el bajo índice de abandono de Cambridge

Desde el punto de vista del profesor, el modelo educativo tiene una ventaja: éste queda liberado de repetir tediosamente sus lecciones para centrarse en una labor de orientación académica y, por supuesto, en la investigación, que tantas alegrías le da a Cambridge.

“El límite de mi contrato son 40 horas de clase al año. Aquí hay mucha presión y apoyo institucional para que investigues, por no mencionar que, a la hora de reclutar personal docente e investigadores brillantes, ayuda mucho ir de parte de Cambridge”, subraya Jeff Miley, profesor de Sociología Política especializado en los nacionalismos españoles tras hacer una estancia postdoctoral en Barcelona. “El profesorado español de Ciencias Sociales no tiene fondos para que su investigación sea innovadora, así que tienen que recurrir a fuentes secundarias”, compara.

Cambridge English
Una importante fuente de financiación para la Universidad son Cambridge English y Cambridge University Press. Son, respectivamente, sus divisiones especializadas en la evaluación de aptitudes lingüísticas en inglés y su editorial.

La primera envía cerca de siete millones de certificados a 170 países diferentes al año, con los correspondientes ingresos en forma de tasas. Un negocio global para el que cuenta con 10 oficinas (una en Madrid) y 600 empleados repartidos por todo el mundo.

La segunda es la única editorial del mundo que no ha dejado de publicar desde que se creó, en 1484. Edita más de 2.500 nuevos manuales al año y cuenta con un catálogo de 50.000 obras.

*Publicado en G/U/CAMPUS, el suplemento universitario del diario EL MUNDO, el 17 de diciembre de 2014.

Tras los muros de Cambridge / 48 horas tras los pasos de Newton, Darwin y Byron*

Isaac Newton, Lord Byron, Stephen Hawking, John Maynard Keynes, el descubrimiento de la estructura atómica, la doble hélice del ADN, la evolución de las especies… Todos estos nombres y avances científicos tienen algo en común: hicieron historia desde un reducto académico de apenas 40 km2 a orillas del río Cam que está considerado uno de los mayores pozos de talento de la humanidad.

Se trata de la Universidad de Cambridge, una de las cinco mejores del mundo según todos los ‘ranking’ internacionales y el lugar donde se han cocinado 90 premios Nobel desde 1901, y donde también se han formado 15 primeros ministros británicos, al menos 23 jefes de Estado de todo el mundo y nueve monarcas, incluyendo a la reina Sofía.

G/U/CAMPUS ha podido traspasar los viejos muros de la institución, mezcla de arquitectura gótica y victoriana, entre otras; recorrer sus claustros y asomarse a los rincones ocultos de sus ‘colleges’, desde los que se ha escrito la historia y donde cada año se forman las mentes más brillantes del mundo.

En toga y bicicleta

Fundada en 1209 por un grupo de estudiantes huidos de Oxford y germen de Harvard (EEUU), una de las principales diferencias entre Cambridge y otras universidades es su asombroso patrimonio. No es de extrañar, por tanto, que reciba cada año 3,5 millones de visitantes que recorren sus callejuelas de piedra, tomadas por cientos de bicicletas, el medio de transporte oficial de los universitarios.

Todos se asoman a los torreones, las capillas y hasta los bares de los alrededores parar leer en ellos anécdotas del pasado como si fueran las páginas de un libro.

Especialmente el Trinity College (32 premios Nobel), milla de oro en la historia del conocimiento. Allí convivió Lord Byron con un oso al estar prohibidos los perros. Allí florece cada año, a los pies de su antigua habitación, un descendiente del viejo manzano que inspiró a Newton. Y allí se conserva también una curiosa tradición: correr los 400 metros del perímetro de uno de sus jardines durante los 40 segundos que resuenan las campanas de medianoche. Un desafío para novatos alcoholizados que fue institucionalizado y convenientemente trasladado al mediodía en los 90.

Ya entre las callejuelas de la ciudad, es lugar de paso obligatorio el Eagle. Este mítico restaurante fue el lugar donde James Watson y Francis Crick urdieron y anunciaron, en 1953, el hallazgo de la doble hélice del ADN al grito de “¡hemos descubierto el secreto de la vida!”.

O Parker’s Piece, el parque en el que se puso a prueba el primer reglamento de la historia del fútbol en 1848 tras permanecer varios siglos prohibido académicamente.

Una cena medieval

Anécdotas al margen, por lo que realmente destaca Cambridge es por reunir a algunas de las mentes más privilegiadas de todo el mundo. “Lo que más me llamó la atención cuando llegué aquí fue la enorme diversidad cultural”, afirma Waifred, alumno hongkonés de doctorado en Biología.

Responde a las preguntas mientras termina de cenar a la luz de las velas en el comedor formal del Peterhouse College, el más antiguo de Cambridge. Le rodean los vetustos retratos de honorables académicos que han dejado su impronta en el lugar. Son 800 años de historia que Waifred honra vistiendo un ‘gown’, la toga que algunos colleges imponen para cenar determinados días de la semana.

Como tantos otros lugares de Cambridge, los comedores son lugares misteriosos, casi fantasmagóricos. De ahí que se oferten en la ciudad diferentes rutas guiadas que repasan leyendas sobre fantasmas, espectros de estudiantes, demonios y sociedades siniestras.

“Aquí es mejor no hablar de política a las primeras de cambio con gente que no conoces, porque podrías estar hablando con el hijo de un jefe de Estado o algo así”, continúia Waifred. “El otro día estaba hablando con un compañero sobre la revolución de los paraguas de mi país y resultó ser el hijo del gobernador de Hong Kong”.

Tiene lógica que, en los años 30, el KGB intentara obtener información sensible de la inteligencia británica por medio de una privilegiada red de espías conocida como el Círculo de Cambridge, y que integraban Anthony Blunt, Kim Philby, Donald Maclean, Guy Burgess y John Cairncross.

Volviendo a las tradiciones medievales, la toga es una de las pocas que se han mantenido a lo largo de los siglos. Y ni siquiera pervive en todos las residencias de alumnos. “En el King’s no la llevamos, porque es uno de los ‘colleges’ más liberales”, explica Sam, estudiante de Matemáticas, mientras departe con sus compañeros en la cafetería. En el interior de este ‘college’ se celebró una de las reuniones más famosas en la historia de las ‘societies’. Se dice que la habitación H3 acogió, en 1946, la reunión del Club de Ciencias Morales en la que Ludwig Witgenstein esgrimió un atizador incandescente contra Karl Popper durante una discusión, moderada por Bertrand Russell, sobre la naturaleza de la filosofía.

De esmoquin al bar

En otros casos, la etiqueta se extiende al traje, de ahí que a nadie en la cafetería del Catheryn’s College le llamen la atención tres jóvenes que juegan al billar de punta en blanco.

Daniel golpea una bola embutido en su esmoquin mientras Connor y Josh apuran su cerveza en traje y corbata. “En Catheryn’s las cenas formales son los miércoles, viernes y domingos, y nos toca ir arreglados y con la toga”, dice Connor.

Los tres explican cómo, en Cambridge, casi todos los alumnos suelen tener dos grupos de amigos, “los del ‘college’ y los de la carrera”, como consecuencia de la peculiar estructura de la institución, formada por 31 ‘colleges’ (tres de ellos femeninos) y 150 departamentos, facultades y escuelas.

Los primeros son mucho más que residencias, porque en ellos transcurre buena parte de la vida académica y la participación en sociedades, los clubes en las que la mayoría de alumnos comparte aficiones que van desde la política y el remo hasta la pintura y la música.

El coro de Clare´s

Es el caso de un grupo de alumnos del Clare’s College que calientan sus voces minutos antes de la misa en la que van a tomar parte dentro de una de las imponentes capillas del campus. En esos instantes previos, la sala de ensayo es un hervidero de túnicas, prisas, nervios, graves y agudos al piano. Do, si bemol, la, fa, y vuelta a empezar.

Drinking societies

Pero hay clubes más prosaicos, como las legendarias ‘drinking societies’, en las que se consagra el consumo de alcohol con algún aderezo ocasional de versos y debates. Estas sociedades tienen especial predicamento entre los aristocráticos del campus, que encajan bien con la atmósfera semisecreta, snob y excluyente que las caracteriza.

Es domingo por la noche, y dos de ellas desembocan unidas en Trumpington Street, una de las calles que hilvanan los principales ‘colleges’ desde el interior mientras el río Cam los abraza por la espalda, con sus 24 puentes y sus ‘punts’, pequeñas embarcaciones que surcan el río a golpe de remo. Caminan unidos por corbatas atadas a la altura de la muñeca en parejas chico-chica, salvo dos de ellos. “No había chicas suficientes y hemos tenido la mala suerte de que nos tocara juntos”, se lamentan Henry y Milo.

Es lo que en Cambridge llaman ‘swaps’, multitudinarias citas a ciegas que comienzan con una cena en el comedor del ‘college’, o en restaurantes baratos donde sirvan vino a buen precio, y terminan en los pubs de Cambridge, como el Vodka Revolution, uno de los locales de moda. Frecuentemente, el sexo llega de la mano del alcohol en los lugares más insospechados.

De esos desmadres dan fe los numerosos camareros españoles que, como los polacos, son mayoría tras las barras de bar y entre las mesas de los restaurantes. “De enero a septiembre no hay quien salga por Cambridge, porque la ciudad está tomada por los nuevos alumnos que salen disfrazados o atados en parejas para demostrar quién es el que más aguanta”, coincide en señalar un grupo de españolas que celebra su noche libre.

Música en el collete

Mucho más convencional es la Sociedad de Música del Sidney Sussex College, a la que interrumpimos en plena sesión plenaria. “Organizamos una reunión a la semana y dos o tres conciertos”, explica William, presidente de la sociedad. “Hay tantas cosas que hacer en Cambridge que tienes que decidir si quieres estudiar una barbaridad de horas para ser un alumno sobresaliente o que la experiencia de Cambridge te enriquezca”, punualiza su compañera Laura.

Precisamente, la experiencia Cambridge es la piedra filosofal que con más celo protege la insitución, donde el aprendizaje es algo que ocurre en cualquier lugar del campus más que en el aula misma.

A menos de tres millas

Eso explica que, por tradición, se obligue a los alumnos a vivir a no más de tres millas (casi 5 kilómetros) de la torre de la iglesia de Great Saint Mary, centro geográfico de la vida académica.

“Yo vivo a cinco millas (8 kilómetros) de aquí, así que tuve que mudarme a un ‘college’ y, en todo caso, yo quería tener esta experiencia”, argumenta Fiona, que estudia Arquitectura en su habitación del Queen’s College.

Tampoco está bien visto trabajar durante en los meses lectivos porque, de nuevo, creen que le robaría tiempo a la vivencia universitaria. A cambio, existen generosas becas que se entregan a los alumnos y, como excepción, se les permite trabajar en el bar de los ‘colleges’, las bibliotecas o echando una mano en los días de puertas abiertas.

Y algo parecido ocurre con los profesores. “Tradicionalmente tenían que vivir en el ‘college’, pero ya no. Aun así, te regalan o te subvencionan el alojamiento a cambio de tutorías”, destaca Jeff Miley, profesor de Sociología Política. “Te dan comida gratis para fomentar la convivencia, romper barreras y que se produzca constantemente el encuentro con el estudiante”, precisa.

* Publicado en G/U/CAMPUS, el suplemento universitario del diario EL MUNDO, el 17 de diciembre de 2014